La industria de los semiconductores, a menudo aún desconocida, discreta y poco comprendida por el público y especialmente en Europa; es a día de hoy cada vez más visible, situándose incluso en el foco de los medios. La pandemia del COVID19 ha puesto de manifiesto la dependencia de la economía al sector de los semiconductores y ha provocado que la industria acapare todas las miradas, incluidas las políticas, dando lugar a cuestiones de soberanía. 

La fabricación de semiconductores se concentra especialmente en Taiwán, que alberga el ecosistema microelectrónico más grande y desarrollado del mundo. La isla, que concentra cerca de dos tercios de la producción mundial en subcontratación, es especialmente la sede de la  compañía TSMC. Este gigante tecnológico es hoy el único actor capaz de producir en términos de volumen los chips más avanzados del mundo para clientes de prestigio como Nvidia o Apple, pero también para aplicaciones de seguridad, en particular militar o de ciberseguridad.  

Cabe mencionar también que, para producir estos chips avanzados, TSMC necesita equipos muy específicos. Sin embargo, el desarrollo de algunos de estos equipos solo lo dominan un puñado  de jugadores, principalmente europeos, americanos y japoneses, cada uno especializado en  herramientas destinadas a una etapa específica de la producción. Desde un punto de vista  político, es obvio que cada uno de estos actores es considerado una joya nacional pero también,  y, sobre todo, como palancas de negociación internacional. 

En este escenario, Europa tiene un papel esencial que desempeñar y no tiene intención de quedarse al margen. Cuenta con un ecosistema fuerte entre los fabricantes de equipos con empresas como ASML, pero también en la producción de chips analógicos (sensores, gestión de  energía, radio, etc.). Sin embargo, al igual que Estados Unidos y Japón, Europa no tiene la  capacidad de producción de chips avanzados o chips de memoria.  

Para reforzar su peso en el escenario mundial, Europa ha desplegado un plan de incentivos de 43.000 millones de euros, gran parte del cual está destinado a apoyar a los fabricantes en sus  proyectos de construcción de fábricas para la producción de semiconductores. Estas iniciativas  ya están dando sus frutos con la construcción de fábricas como la de Intel en Alemania, que será  la mayor fábrica de semiconductores de Europa. 

Europa muestra, por lo tanto, una voluntad clara de aumentar su peso en el tablero mundial de los semiconductores y se está dotando de los medios para hacerlo; pero no es la única.

Deviene clave en este sentido apoyar al sector en la creación de medios de producción, pero también en  el desarrollo del ecosistema en torno al segmento de la microelectrónica. Este despliegue debe  basarse en la capacidad de enriquecer un ecosistema fuerte capaz de formar y retener talento en las diferentes regiones del mundo.

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