La inflación perjudica a todos los activos financieros. Tras décadas, la inflación ha regresado para vengarse de los consumidores, personas de menores recursos, ahorradores e inversores. Efectivamente, ante una inflación galopante y fuerte endurecimiento monetario, los mercados bursátiles y de renta fija sufrieron liquidación simultánea, con las correlaciones entre ambas clases de activas en máximos históricos. De manera que las carteras que parecían diversificadas no lo eran, ni la deuda soberana «segura». Los bonos del Tesoro de EEUU a 30 años perdieron 44 % de máximo a mínimo y los bonos alemanes casi 50 %, incluso más que en la era de alta inflación de los 70 y 80.  Ello a partir de rentabilidades a vencimiento de solo 2 %, en comparación con alrededor de 10 % a principios de los 70.

Pero, aunque una inflación de doble dígito haya implicado pérdida de poder adquisitivo, el efectivo ha sido un activo diversificador. Solo los activos reales lograron resultados positivos. Las materias primas terminaron 2022 con alza de alrededor de 7 % y la propiedad inmobiliaria en EEUU de 10 %, pero con violentas oscilaciones de precios, pues, desde junio, los precios de las materias primas cayeron 30% y los de los bienes inmuebles residenciales ya están en bajada. 

Los bancos centrales no quieren riesgo de credibilidad. A pesar de las garantías de los banqueros centrales respecto a que la inflación era un fenómeno transitorio, esta aumentó y duró más de lo que nadie esperaba. En retrospectiva, los flujos masivos de estímulo fiscal y monetario en respuesta a la pandemia fueron un error, similar a los que condujeron a la Gran Inflación de los años 70. Efectivamente, las políticas destinadas a estabilizar la demanda desencadenaron excesos en un momento de limitaciones de capacidad. La inflación fue un resultado obvio e inevitable, con amenaza de un ciclo de espiral de subida de precios y salarios.

Así que los banqueros centrales se dieron cuenta que su credibilidad estaba en juego y en doce meses la Reserva Federal ha aumentado tipos de interés 4,25 % y el BCE 2,5%, al mayor ritmo desde la década de los 80, con riesgo de recesión. Hasta ahora, están logrando convencer a los mercados. Los economistas esperan que la inflación en EE. UU. se reduzca a la mitad este año, 4%. Además, las expectativas de inflación se han reducido a 2,1 % en cinco años. Pero dañaría seriamente su credibilidad que la inflación comenzara a aumentar nuevamente por relajación monetaria prematura. Así que hay riesgo de que los bancos centrales vayan demasiado lejos. Además, como se puso de manifiesto en el Reino Unido, los vigilantes de bonos siguen siendo tan poderosos como siempre.

Las economías se adaptan sorprendentemente bien. Las economías europeas se han ajustado a los efectos de la guerra de Ucrania más rápido de lo esperado. En menos de un año los precios del petróleo, gas natural europeo y trigo, productos más directamente afectados, han vuelto a sus niveles anteriores, aunque la escalada bélica sigue siendo un riesgo. El caso es que la demanda de combustibles fósiles se ha reducido sin socavar la producción, a lo que contribuye un invierno suave. De momento en Alemania, a pesar de que las importaciones de gas del país cayeron 30 %, producción industrial y PIB real llegaron a aumentar marginalmente en el año.

Además, la pandemia Covid parece estar teniendo efectos a largo plazo menores de lo que se temía.  El aumento de la automatización, digitalización, aceleración de la transición verde y estímulo político interminable ha resultado ser menores.  De todas formas, trabajar desde casa y los modelos de trabajo híbridos se han convertido en la nueva normalidad.

Dónde es importante. Los efectos regionales y las monedas importan.  Los inversores en Reino Unido y Japón experimentaron pérdidas limitadas gracias a sus mercados locales. Además, la depreciación de la libra y el yen infló sus inversiones en valores extranjeros. Por su parte la renta variable en Europa, a diferencia de la de EEUU y China, superó significativamente a la deuda soberana.

China, aparte. Los activos chinos deben considerarse por separado de mercados emergentes y desarrollados. Tienen creciente peso e importancia en los mercados mundiales, frecuentemente con políticas macroeconómicas divergentes. Aunque tengan riesgos idiosincráticos, sus mercados de acciones y bonos son demasiado grandes para ignorarlos.

Las acciones chinas, en máximos en 2021, se vieron afectadas por exceso regulatorio a las empresas, rígida política cero Covid, que aplastó la demanda y un colapso del sector de vivienda. Como resultado, el país vio deflación en 2022 cuando el resto del mundo luchaba contra el aumento de precios. Pero el Banco Popular de China está recortando tipos de interés y Beijing tomado medidas para estabilizar el sector de vivienda, mediante subsidios, financiación barata y menos regulación. Además, el presidente Xi ha dado un giro de 180º de facto al reabrir las fronteras del país y eliminar test masivos y reglas de cuarentena. Ahora las valoraciones de estas acciones muestran un descuento del 30 % frente a las globales. Eso sí, las empresas chinas deben cumplir la expectativa de aumento de beneficios en 2023.

Cada mercado bajista implica nuevas formas de perder dinero. A medida que la avalancha de liquidez de la última década comienza a agotarse, los inversores descubren la diferencia entre activos de alta calidad y el resto.  En algunos casos las valoraciones extremas han estado respaldadas por dinero barato, particularmente entre tecnológicas. En otros casos, es difícil identificar valor, como Bitcoin, que se multiplicó por diez durante la pandemia para colapsar a continuación.

Estrategias de Inversión