Desde hace algún tiempo, nuestros analistas indican que nos encontramos en el comienzo de un cambio de régimen. Ahora bien, ¿sigue siendo válida esta tesis en un momento en que la inflación y la consiguiente necesidad de los bancos centrales de endurecer la política monetaria parecen remitir? ¿Cuáles son las conclusiones que deberían extraer los inversores? A continuación, expongo mi opinión sobre por qué, a pesar de las señales en contra, nos encontramos ante un nuevo escenario que perdurará durante mucho tiempo, y explico cómo los inversores pueden hacer frente al que quizá sea el cambio macroeconómico más trascendental de las últimas décadas.

El fin de una era

Los últimos 20 años han estado marcados por una inflación estructuralmente baja en todo el mundo debido a diversos factores, entre los que destacan la globalización y el auge de China como la principal «fábrica del mundo». De este modo, la economía global se benefició de unas condiciones macro sumamente estables. Esencialmente, se podían distinguir dos estados de la economía:

  • Crecimiento/sin inflación: economías que experimentaban un crecimiento sin un aumento notable de la inflación durante un periodo muy prolongado. Para los bancos centrales, este entorno era ideal, ya que no requería de ningún compromiso político.
  • Sin crecimiento/sin inflación: cuando las economías registraban un crecimiento reducido o entraban en recesión, lo hacían con una inflación muy baja. En respuesta, los bancos centrales inyectaban la máxima liquidez posible en el sistema para reactivar la economía y evitar el riesgo de deflación.

En mi opinión, este escenario ya pertenece al pasado en los países desarrollados, ya que la inflación ha resurgido, incluso en Japón. Hace meses que observamos una desinflación, por lo que es posible que los bancos centrales lleven a cabo algunos de los recortes de tipos que reclaman los mercados, no obstante creo que sería un error suponer que estamos volviendo a terreno conocido. Podría parecer que el año pasado fue atípico, pero me atrevería a afirmar que, lo verdaderamente inusual fue el periodo de 20 años anterior, y que nos dirigimos hacia un entorno económico que se asemeja más al de la década de los 70.

Bienvenidos a una nueva (antigua) era económica

¿Qué nos anticipan los años 70 y, en menor medida, a los 80? Nos anticipan que volvemos a un mundo caracterizado por ciclos mucho más frecuentes y cortos, con una inflación estructuralmente más alta y volátil. En mi opinión, la hoja de ruta para los próximos 10 años seguirá un rumbo similar por dos razones fundamentales:

  • La desglobalización motivada por la rivalidad geopolítica, la inquietud por la fragilidad de las cadenas de suministro y la aceleración del impacto físico del cambio climático.
  • Una mayor cuota de rentas derivadas del trabajo dada la voluntad de los gobiernos de abordar la creciente disparidad de rentas.

Ambas dinámicas indican a que la inflación ha vuelto para quedarse. La inflación, además de ser estructuralmente más alta, podría ser más volátil que en el pasado reciente, lo que plantea a los bancos centrales la difícil disyuntiva entre crecimiento e inflación. Aunque el crecimiento se ralentice, la inflación puede seguir siendo elevada y difícil de contener si no se realizan duros ajustes. Por lo tanto, los bancos centrales deberán decidir qué resultado les preocupa menos. En los últimos seis meses, el mensaje que han transmitido todos los bancos centrales es que prefieren una inflación persistente a provocar una recesión innecesaria debido a un endurecimiento excesivo de las políticas, lo que aumenta la probabilidad de que la inflación se mantenga arraigada en el sistema durante más tiempo.

Este nuevo paradigma tiene consecuencias desestabilizadoras en los precios y en la correlación entre activos. Como los ciclos son cada vez más cortos y volátiles, es probable que la correlación entre renta variable y renta fija fluctúe, lo que reduciría la utilidad de la renta fija como activo de cobertura en las carteras multiactivo. Las cotizaciones de los activos deberán ajustarse también, y creo que habrá mucha más divergencia entre países e incluso entre sectores y empresas. Considero que los mercados aún no han asumido el cambio de régimen, ya que insisten en aferrarse a las mismas ideas de las dos últimas décadas. Esta visión sesgada obliga a los inversores a prepararse para ajustes potencialmente disruptivos conforme los mercados se adapten a la nueva realidad. En un sentido más amplio, si bien esta nueva era presenta un marcado carácter retro, difícilmente será un calco de las décadas anteriores, ya que es muy probable que la evolución demográfica, la rivalidad geopolítica, el cambio climático y la tecnología potencien la incertidumbre y volatilidad.

Aceptar el cambio

Aunque esta nueva era pueda parecer desafiante también tiene el potencial de ofrecer oportunidades interesantes a los inversores.

Por ejemplo, considero que las actuales perspectivas de crecimiento económico son demasiado pesimistas, y que confío en que se produzca una sorpresa en este sentido. Aunque gran parte de ese crecimiento sea nominal (debido a la inflación) y no real, podría traducirse en atractivas oportunidades de inversión. Ahora bien, creo que, para tener éxito en esta nueva era, será crucial identificar en qué momento del ciclo nos encontramos y entender las posibles implicaciones del contexto macro en el posicionamiento de las carteras. Como los ciclos tenderán a ser más cortos y volátiles, la agilidad también será más importante. Asimismo, creo que veremos una mayor divergencia entre ganadores y perdedores, por lo que conocer a fondo las empresas y los emisores en los que invierten será primordial.

En resumen, en el actual entorno, la gestión activa basada en un análisis fundamental exhaustivo y multidisciplinar puede convertirse en una ventaja competitiva.

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