El energy crunch registrado al inicio del otoño pasado y que tuvo como epicentro los yacimientos siberianos rusos, desde donde se controlaron los grifos de gas y petróleo a Europa, y las réplicas posteriores generadas desde el Kremlin con la invasión de Ucrania, acaba de cumplir su primer año sin claro a la vista en el horizonte. Más bien, al contrario. Los meses de otoño e invierno de 2022 traerán nuevas y más dudas inversoras sobre las fórmulas adecuadas de administración de las ganancias del bienio post-Covid y misterios sin resolver, como la búsqueda, todavía sin éxito, del deseado equilibrio entre la oferta y la demanda en múltiples sectores de actividad que no ha acabado de llegar o las incógnitas que siguen sin despejarse sobre la Guerra Fría económica y geopolítica que se avecina.

Es el Año del Descubrimiento, según lo han bautizado ya en UBS. Los expertos del banco inversor suizo llaman así al periodo de incertidumbre nacido desde el estallido de la escalada de precios energéticos hace ahora doce meses y que han desatado la volatilidad en los mercados y grados de tensión sobre dónde colocar las ganancias de capital del bienio post-Covid en unas carteras en fase de reordenación y con tendencia a diversificar hacia activos que reporten beneficios en el corto plazo. Una etapa anual en la que los tipos de interés se han disparado, el coste del flujo energético está lejos de remitir y donde “el proceso de descubrir el nuevo punto de equilibrio entre la oferta y la demanda navega aún entre dos aguas en una variedad notable de industrias y segmentos de actividad”, lo que dificulta encontrar hojas de ruta adecuadas en los portfolios.

Cóctel americano, europeo y chino

Pero, además de la complicación sectorial, la búsqueda de señales que iluminen las estrategias tampoco aparece en casi ninguna latitud. Al menos, con nitidez. En EEUU, por ejemplo, una más que persistente inflación de los bienes y servicios está dejando sin valores refugios y dañando la visión en perspectiva y las esperanzas de un descenso de los precios de la gasolina o de una fase de normalización de los suministros que marcarían una cierta tendencia a la estabilidad. O en el mercado laboral, donde persiste una fuerte creación de empleo que deja los niveles próximos a la era pre-Covid, pero sobre el que se descuenta un empeoramiento por la entrada en recesión del PIB americano ya en el primer semestre de 2022. Y con la Reserva Federal dando prioridad máxima a un control de la inflación que continúa sin un techo a la vista.

En Europa, la táctica de wait and see hasta comprobar si el mercado interior es capaz de superar el tormentoso otoño y el crudo invierno, con unos flujos de gas ruso por debajo del 20% del total suministrado por el Kremlin hace un año empieza a mostrar serias dudas de la capacidad de los socios comunitarios -especialmente del centro y norte del continente- para amortiguar los daños directos y colaterales de la interrupción del grifo por parte de Moscú. Un envite difícil porque se debe abordar sin subidas inflacionistas -reto altamente improbable-, con una economía situada al borde del precipicio y nuevas tensiones geopolíticas llegadas de Ucrania por la recuperación de territorio por parte de Kiev que puede precipitar una más agresiva respuesta del Kremlin.

Desde China, los signos no son ni mucho menos halagüeños. El mercado inmobiliario del gigante asiático está casi en estado de parálisis permanente desde la quiebra de Evergrande, amparada por Pekín desde hace algo más de un año, y la confianza del consumo en descenso continuado; entre otras razones, por la exigente política de Covid-cero del régimen chino.

Todo ello ha creado un cóctel molotov cargado de material inflamante: la inflación galopante en EEUU, la proximidad de un invierno especialmente adverso en Europa y del vigésimo Congreso Nacional del Partido Comunista Chino de octubre que tiene en estado de máxima tensión a los mercados de capitales y a las gestoras de fondos en modo selectivo, focalizando preferencias y localizando activos defensivos con parámetros como las rentas, los valores, la diversificación o la seguridad de los capitales, explican en UBS.

Mohamed El-Erian, asesor Económico en Allianz AM y antiguo CEO y responsable de inversión en PIMCO, enfatiza que el tránsito al otoño “ha elevado la inestabilidad” con la entrada en esta compleja ecuación de una libra que se aproxima a la paridad con el dólar y descenso de valores en la City por una notable rebaja fiscal, la primera gran medida del Gabinete de Liz Truss ante la duda que suscita entre los inversores la posibilidad de que añada más madera a la hoguera del IPC y haga repuntar los niveles de endeudamiento.

El BoE ha tenido que reconocer que estudiará la relación cambiaria dólar-libra en sus próximas reuniones. El modo que los bancos centrales tienen de declarar entre bambalinas, porque el tipo de cambio de las monedas nunca representa para ellos una prioridad admitida como oficial, que la pérdida de valor de sus divisas les resulta preocupante. Y estas turbulencias -precisa El-Erian- “pueden crear una mayor ansiedad entre la comunidad inversora y sus agentes del mercado”. En especial después de que el bono británico a diez años superase la rentabilidad del 4% por vez primera desde 2010. 

No perder de vista el largo plazo

Sin embargo, en UBS inciden también en las implicaciones a largo plazo surgidas desde la guerra en Ucrania. Con una Guerra Fría y un periodo de cambios inciertos en el orden mundial y nuevas relaciones Este-Oeste y entre las potencias industrializadas y los mercados emergentes. Todavía en fase de incertidumbre sobre si se perfilarán alianzas o, por el contrario, sucederá un proceso de decoupling entre bloques. Sobre todo, tras el repliegue ruso, las amenazas nucleares de Putin y las opciones reales de un alto el fuego que evite la prolongación del conflicto armado. Aunque, en cualquier caso -aseguran en UBS desde hace algunos meses- la globalización está sometida a un alto voltaje y a un sentimiento de escepticismo que crea dudas sobre la protección del capital y de los derechos de propiedad o la seguridad jurídica de los negocios, así como de las garantías de suministro de bienes y servicios, sobre las cadenas de valor empresariales, el comercio y los flujos logísticos futuros o sobre el abastecimiento regular de materias primas; y muy en concreto las energéticas, las metálicas o las alimenticias. Todos ellos, elementos determinantes para que la espiral inflacionista se diluya.

En el análisis de UBS, además, ponen en el baremo inversor la relevancia futura de los criterios ESG, perjudicados por el protagonismo de los valores vinculados a los combustibles fósiles y que ponen en entredicho el apoyo de los mercados hacia las economías sostenibles con neutralidad energética. Una hostilidad surgida después de su esplendor bursátil durante la Gran Pandemia. O la gestión adecuada de los bancos centrales, los inversores y los empresarios del fulminante baile de divisas que ha surgido al compás de rublo ruso y del dólar americano y que han vuelto a dar credibilidad al oro como valor refugio. Y deja sine die la reafirmación de la apuesta por los procesos de descarbonización ante el músculo exhibido por la Vieja Economía y los valores con sello fósil desde las grandes potencias industrializadas y emergentes, lo que arrojaría algo de luz adicional al túnel inversor. De igual manera que ayudaría a elevar la nitidez de las estraegias del mercado el límite al que llegarán los flujos de capital que se han enfocado de forma intensa hacia la industria militar y sus compañías. O las indicaciones sobre las amenazas reales y adicionales asociadas a la ciberseguridad tras el estallido del conflicto bélico en Ucrania y la mayor o menor proliferación de ataques procedentes de Rusia, China u otros sospechosos habituales declarados así por la Casa Blanca y sus servicios secretos.    

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